domingo, 22 de marzo de 2009

A ustedes que les gusta viajar!! ( conoceremos un poco más de Bombay)

HOY VOY A SER GUIA TURISTICA




Hola quiero que me acompañes en el viaje más sobrecogedor que recordarás haber hecho con la rueda de un ratón durante mucho tiempo...

Dharavi, suburbio de Bombay, ciudad de parias y uno de los más degradados arrabales del planeta. Casi 400.000 habitantes por kilómetro cuadrado te esperan, con una sonrisa, en sus humildes chabolas mientras sobreviven a su encastado destino. Son pobres e ‘intocables’, pero sin armas, sin violencia ni casi delincuencia. Bienvenido a la ciudad de la alegre miseria.
Lleva algo de agua mineral. No hay agua corriente en las casas. Apenas dos horas al día. Paradójicamente la ciudad es atravesada por los dos mayores colectores que sirven de agua a la capital. Dos tuberías de 2 metros de diámetro que los refrescan al contacto en verano y los vaporizan de humedad en invierno.
Tampoco bebas mucho. Sólo disponen de 1 retrete por cada 2000 habitantes.
No te olvides tampoco del calzado cerrado. A ambos lados de las vías principales discurren, abiertos, los canales fecales que vacían sus letrinas.








Saldremos del Hotel Kuthoop, en el centro de la calle de los alfareros. El más lujoso de los hostales al servicio de foráneos e invitados.







Sobre somieres de cuerdas y arpillera, levantados lo suficiente para el paso de ratas y roedores, descansaremos hasta el alba, punto de partida de nuestra excursión.







Dharavi no es un barrio de paso y los forasteros causan sorpresa e impresión pero siempre desde la empatía. La mayoría de los vecinos jamás han salido de aquí. Atrapados por casta y miseria su mundo comparte límites con la ciudad. Por eso hay que arreglarnos por porpios medios y, a pesar de todo, disponen de mercados, escuelas clandestinas, hostales, templos religiosos y hasta improvisados hospitales.













No lleves dinero. No te hará falta. Aquí se manejamos con pequeños y coloridos trozos de plástico que sirven como moneda y trueque. La mayoría lo recicla de la basura para revenderlos a la industria juguetera de la capital. Por eso es muy común el intercambio de artículos de primera necesidad por ésta, su moneda.






La tierra y las circunstancias son, como ves, los principales recursos. Con el barro arcilloso de las calles elaboran LAS artesanía alfarera. Y con los jabones recolectados de hoteles y residencias funden y rehacen la llamativa y aromática versión que revendemos en el mercadillo





Al final de la avenida principal está la oficina de correos. Desde allí podrás enviar esta ‘postal’ a cualquier parte del mundo.




Buen Viaje!

martes, 3 de marzo de 2009

Mansuara y el Unicornio **




MANSUARA Y EL UNICORNIO

Mansuara era la más hermosa de todas las mujeres. Nadie podía igualarla en elegancia, en belleza.

Provocaba suspiros en cualquiera que la viera pasar. Pero su corazón era frío, duro como la roca, distante, jamás ninguna emoción había hecho mella en él.

Por eso, cuando una tarde vio en el río el reflejo de un ser fabuloso, cuando vio los ojos curiosos que la miraban desde el agua, Mansuara se supo cautiva, hechizada, presa de sus emociones... y viva por fin.

Al minuto siguiente él ya no estaba. Y aunque buscó y le llamó, no encontró a su Unicornio. Suyo, porque solo ella le conocía, solo ella le amaba, solo ella creía en él...

Desde entonces, Mansuara dejó de mimar su piel untándola de esencias, olvidó sus joyas en el fondo de sus cofres, dejó de buscarse en los espejos, de cepillar su cabello... y sus ojos azules se cubrieron con un velo de tristeza.

Pero seguía sabiéndose viva...

Las gentes del lugar inventaron leyendas y fantasías que explicaban por qué cada amanecer la que seguía siendo la muchacha más hermosa de cuantas habían visto, recorría el farallón más alto, su vestido agitándose al viento, su melena enredándose y danzando alrededor de su rostro, su mirada ausente, buscando en el horizonte lo que nadie acertaba a imaginar.

Un día, al paso de un peregrino, Mansuara se acercó y le preguntó:-Buen hombre, tú que llevas la sabiduría reflejada en tu rostro, y al que la experiencia de toda una vida ha dibujado arrugas en la piel, dime, ¿cómo lo puedo encontrar?

-No sé qué persigues, pero cuanto menos lo busques, más rápido lo encontrarás

- fue su respuesta.

Sin embargo, Mansuara empezó a hilar una red con sus largos cabellos. Tejió y tejió y cierto día, cuando los hombres miraron al acantilado, vieron una inmensa tela de araña que se balanceaba al viento y cubría el acantilado entero, desde la costa hasta el confín del mar.

Y allí esperaba Mansuara, y tras un tiempo apareció su
Unicornio, trotando sobre las olas, mirándola fijamente, tal vez con desdén, tal vez con sorpresa. Y en la red de Mansuara quedó atrapado su Unicornio.

Ella se acercó y acarició su piel, su crin, mientras sonreía por saber suyo al Unicornio.

Creyó que al caer en la red, el Unicornio no podría sino quererla siempre, como ella haría con él. Pero el Unicornio habló, habló de lo absurdo de los amores que encarcelan y esclavizan al otro...

-Aunque me apreses, ates mis movimientos o me guardes en el sitio más secreto y protegido de tu palacio, nada obtendrás de mí. Esta red sólo consigue atrapar mi cuerpo, pero mi corazón no puede ser tu cautivo. Sólo somos capaces de querer a los demás desde nuestra libertad.

Mansuara, confundida, pensó que solo deseaba que llegara el día en que el unicornio fuera capaz de amarla... nada más. Y la red se deshizo instantáneamente, y el Unicornio escapó.

Mansuara se quedó quieta, inmóvil, tanto que su cuerpo empezó a convertirse en una estatua de piedra, hermosa, sublime, la más perfecta que nadie jamás hubiera esculpido.

Desde ese día, la estatua de Mansuara en lo alto del acantilado ve acercarse a muchachas enamoradas que le cuentan sus sueños, sus ilusiones; a niños que juegan y danzan a su alrededor; a un joven flautista que aprendió a tocar a los pies de la estatua y que ahora deleita a todos con su música, tal vez en un vano intento de
sacar a Mansuara de su sueño eterno.

Pero lo más sorprendente son las flores que
cada amanecer, rodean la estatua y cuelgan de las manos de piedra, frescas, lindas, cubriendo con su olor y sus colores a Mansuara.

Cuentan que hay alguien que llega con las primeras luces del alba, se inclina reverente, con devoción casi, ante la estatua, deja descansar unos instantes su cabeza en su regazo... Y se marcha, dejando su ofrenda, corriendo veloz, galopando sobre la
espuma de las olas.

Es el Unicornio.

Diarios de Argentina